Microrrelatos de amor, desamor y odio (II parte)

Microrrelatos de amor, desamor y odio (II parte)

EL BESO Y EL ADIÓS  
Ramón de Peñaflor

   –Ha llegado el momento de separarnos, amor. Te prometo que algún día serás mía definitivamente...
musitó Sebastián con un suspiro, tras estamparle un cálido y prolongado beso con toda la pasión de que pudo hacer acopio. 
   La magia de aquel sublime instante fue rota sin miramientos por el tiránico vozarrón del dependiente:
   –¡Hágame el favor de no babear las revistas si no las va a comprar.


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MITILINE
Miguel Ramírez Macías

   –¡Al fin solas!
   –¡Al fin solas! dijo ella también a su simétrica manera. Y sin más preámbulo comenzó a desnudarse cálida y serenamente, disfrutando cada movimiento previo a aquel acercamiento en que, con inmenso placer, accedió a acariciar lenta, muy lentamente, su imagen en el espejo.
 
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EL TRIÁNGULO AMOROSO
Carlos Héctor

   La ballena macho estaba desolada porque su mujer se había enamorado de un submarino.

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PAJARILLO
Rodolfo Farcug

   El amor, me dijeron, es como un pajarillo. Déjalo ir: si regresa, es tuyo. Si no regresa, nunca lo fue.
   Y yo solté a mi pajarillo, y el muy cabrón sólo regresa cuando tiene hambre.


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TRAGEDIA  
Vicente Huidobro

   María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
   Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
  Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
   Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
   ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
   Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder comprender un gesto tan absurdo.
   Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda
.
 


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EL MONJE FURIOSO  
Anónimo Chino
   
    Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.
   Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla.
   El otro monje estaba furioso. No dijo nada, pero hervía por dentro. Eso estaba prohibido. Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.
Recorrieron varias leguas. Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:
   -Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de esto. Está prohibido.
   -¿De que estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro.
   -¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el que estaba enojado.
   El otro monje se rió y luego dijo:
   -Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando
.
 


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VISIÓN DE REOJO
Luisa Valenzuela

   La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.
 


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VIDAS BREVES (fragmento)
John Aubrey

   Richard, Conde de Dorset, se enamoró de la célebre cortesana Mrs. Venetia Stanley, casada con Sir Kenelm Digby. Una vez por año la invitaba a ella y a su marido, y en tal ocasión la contemplaba con mucha pasión y deseo, permitiéndose tan sólo besarle la mano, siempre en presencia de su señor marido.
 

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CALIDAD Y CANTIDAD
Alejandro Jodorowsky

   No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga.
 

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EL VEREDICTO
Alfonso Reyes
   
   La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.
   No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?
   No señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.
 
  –Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?
   Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí, y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.
  
¿Verdad que usted es el cobrador?
  
Sí– le dije resuelto a todo–, pero hablaremos hoy de otra cosa.
  Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada y al despedirme le dije:
  
Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.
   Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:
  
¡Qué fraude! Vas a condenarte por eso.
   Pero el Diablo, que nos oÍa dijo:
  
No, se salvará.


10 microrrelatos de amor, desamor y odio (Parte I)